Colombia llegaba buenas expectativas a la copa del mundo de 1994. Algunos incluso la vaticinaban como candidata a llevarse el trofeo más importante del mundo del fútbol. Sin embargo la realidad fue otra y en el primer partido perdieron al equipo que sí sería la sorpresa del mundial de Estados Unidos: Rumania y el talento de su capitan George Hagi. Fue 3 a 1 a favor de los europeos. En ese partido, además, el mencionado Hagi marcó uno de los mejores goles del torneo.
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Zidane no pensaba volver a la selección. Pero a punto estaba el equipo galo de quedarse sin mundial por lo que decidió darle una mano –y la magia de sus pies prodigiosos- a Francia y con ello asegurarle un lugar en el mundial de Alemania.
Y ya que estamos dentro ¿por qué no un torneo más? Debió pensar el futbolista que se embarcó junto a Henry, Ribery y compañía a un torneo que no estaba en sus planes. Y en los planes de ningún especialista estaba tampoco que la selección francesa –sobre todo después de su desastrosa participación en el mundial del 2002 y su agonizante clasificación al de Alemania- iba a llegar tan lejos.
Pero la genialidad es atemporal. De eso se olvidaron muchos.
Partido a partido, el galo se encargó de recordárselo al mundo con quiebres impensados, pases con exactitud de misil y sutileza de poesía. Bajo su estela, Francia superó la fase de grupos para darle luego una lección de clase y contundencia a la favorita España en octavos.
El destino quiso que se encontrara con Brasil. Los ecos de la final del 98 no tardaron en aparecer. En ambas selecciones quedaban algunos guerreros de aquella batalla. ¿Podría Zidane prolongar el milagro francés o sucumbiría ante Ronaldinho, Kaka y su Alter Ego sudamericano, Ronaldo?
La respuesta fue un contundente sí. Con una presencia que se multiplicaba, un liderazgo basado en miradas antes que en gritos y un pase que Henry cambió por gol, Zizou le ganó de nuevo a los sudamericanos que intentaron, pelearon y nunca pudieron con un tipo y diez secuaces decididos a darle la contra a la arbitrariedad de los pronósticos.
Su magia llegaría hasta la final. Un hecho desafortunado impediría que el mejor jugador de los últimos tiempos se retire con el trofeo de la FIFA. Porque el trofeo de millones alrededor del mundo, claro, se lo llevó igual.
La historia de Holanda en los mundiales ha estado marcada por el “casi”. Ni la exquisitez del fútbol de la naranja mecánica liderada por Cruyff logró llevar una copa del mundo a los países bajos. En Francia 98, una selección liderada por los hermanos De Boer quiso romper con el maleficio sumándole a la tradicional vistosidad del juego holandés una contundencia en los resultados.
Le funcionó hasta la semifinal. Entonces les tocó Brasil.
Habían grandes armas de ambos lados: Ronaldo con su potencia incalculable. Rivaldo con precisión quirúrgica, por el lado sudamericano. Kluivert al acecho de cualquier pelota y Van der sar más gigante que nunca por el bando europeo.
Probablemente fue el mejor partido de Francia 98. Revívalo junto a nosotros.


