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Lo de aquella noche en Francia fue una paliza del equipo local. Fue una masacre del ejército galo encabezada por el general Zidane que marcaba los derroteros que tenían que seguir sus secuaces para derrotar al Brasil de Ronaldo y compañía. Un Brasil que no atinó nunca a encontrar la manera de resistirse a los embates de un equipo que estaba decidido a salir de su propio reducto con la copa entre sus manos.

Fue un 3 a 0 contundente con dos goles del mago y uno del hoy desaparecido Petit. Fue también el pináculo del fútbol francés en el ámbito mundial. Reviva los mejores momentos de una de las finales más memorables de la historia de los mundiales.

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Como jugador, Dunga perteneció a esta raza de futbolistas que nunca escogerías primero en las pichangas –ese honor es para los “mágicos”- pero que siempre querrías en tu equipo. Luchador, implacable, molestoso para el rival e inspirador para los compañeros. Un guerrero.

Como jugador, Dunga nunca hizo un gol sorteando rivales o mediante una tijera prodigiosa. Pero fue el encargado de patear el penal decisivo en la final de Estados Unidos 94 y canjear la ejecución por un gol. Por cierto, fue el primero en levantar el trofeo de aquel mundial. Nadie le discutió ese honor. Y es que, como jugador, Dunga fue no sólo el capitán de Brasil. Fue también su líder.

Tras el pobre desempeño del Scratch en el mundial de Alemania, los directivos del país más ganador en el fútbol tomaron una decisión: no más dependencia exclusiva del humor de los talentosos. Se necesitaba un nuevo orden. Así fue que, sin experiencia previa, Dunga se hizo con el buzo de entrenador.

No tardó mucho en establecer sus parámetros de trabajo Tengo mi filosofía y quien no esté dentro de ella, no irá. Yo en el fútbol todo lo conseguí con sacrificio. En cualquier trabajo, si no hay sacrificio, no hay éxito. En otras palabras, Dunga no estaba dispuesto a casarse con ningún intocable ni en darle preponderancia al talento desmedido por sobre el orden en el campo de juego.

Los resultados no tardaron en llegar: Ganó la Copa América del 2007 (goleada sobre Argentina en la final) y la Copa Confederaciones del 2009. En las eliminatorias para Sudáfrica, además, Brasil mostró un desempeño implacable clasificándose con holgura al torneo. Sin embargo no todo ha sido un camino de rosas, no han sido pocos los que le han criticado al equipo de Dunga la falta de fantasía y de ese jogo bonito otrora una marca registrada en la selección de Brasil.

Pero ¿Es Dunga realmente un terrorista de la fantasía en el fútbol tan propia de su país? Uno trabaja para ganar. Y uno se divierte sólo si gana, y no al revés. Sólo sonríe el que al final gana. En mi filosofía, primero está el trabajo de equipo y luego las individualidades. La técnica es lo que desequilibra, pero dentro de un orden.  Ha respondido sin titubeos a la vez que su equipo le sumaba al talento innato de sus jugadores una disciplina que ha hecho de Brasil una escuadra casi invencible. Justificó además su estilo en una verdad que no resulta tan poética como la que se pinta sobre su país: Para atacar antes hay que tener la pelota y para tenerla hay que robarla. No puede haber un equipo ni de once Romarios ni de once Dungas, debe ser una mezcla. Las cinco selecciones brasileñas que ganaron mundiales supieron mezclar eficiencia con el juego bonito. Para mí el ideal es la Brasil del 82 y la del 94.

Equilibrio. Algo de aburrimiento, tal vez. Pero números positivos es lo que arrojaba la gestión de Dunga al mando de Brasil. La fiesta parecía ir en paz.

Entonces vino la convocatoria de jugadores para el mundial. Ni Ronaldinho ni Adriano figuraban en la lista del estratega. Lo del emperador era más o menos cantado, pero la exclusión del otrora mejor jugador del mundo no tardó en levantar polvareda. Para muchos esta decisión mata definitivamente el espíritu tradicional de Brasil, algo que, aseguran, podría costarles el título. Algunos periodistas, incluso, hablan de una decepcionante selección por parte del técnico. La única estrella de Brasil es su camiseta y las cinco estrellas que están encima del escudo. Ponérsela es un orgullo que todos los jugadores deben sentir, había dicho el entrenador en una entrevista en el 2006.

El conseguir la sexta estrella que pase a formar parte del diseño de la camiseta brasileña es la prueba definitiva para Dunga. Solo entonces el mundo sabrá si la revolución que emprendió el guerrero convertido en entrenador de la selección más importante valió la pena. La grandeza o la condena. Así es el fútbol. Así es Brasil.

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Zidane no pensaba volver a la selección. Pero a punto estaba el equipo galo de quedarse sin mundial por lo que decidió darle una mano –y la magia de sus pies prodigiosos- a Francia y con ello asegurarle un lugar en el mundial de Alemania.

Y ya que estamos dentro ¿por qué no un torneo más? Debió pensar el futbolista que se embarcó junto a Henry, Ribery y compañía a un torneo que no estaba en sus planes. Y en los planes de ningún especialista estaba tampoco que la selección francesa –sobre todo después de su desastrosa participación en el mundial del 2002 y su agonizante clasificación al de Alemania- iba a llegar tan lejos.

Pero la genialidad es atemporal. De eso se olvidaron muchos.

Partido a partido, el galo se encargó de recordárselo al mundo con quiebres impensados, pases con exactitud de misil y sutileza de poesía. Bajo su estela, Francia superó la fase de grupos para darle luego una lección de clase y contundencia a la favorita España en octavos.

El destino quiso que se encontrara con Brasil. Los ecos de la final del 98 no tardaron en aparecer. En ambas selecciones quedaban algunos guerreros de aquella batalla. ¿Podría Zidane prolongar el milagro francés o sucumbiría ante Ronaldinho, Kaka y su Alter Ego sudamericano, Ronaldo?

La respuesta fue un contundente sí. Con una presencia que se multiplicaba, un liderazgo basado en miradas antes que en gritos y un pase que Henry cambió por gol, Zizou le ganó de nuevo a los sudamericanos que intentaron, pelearon y nunca pudieron con un tipo y diez secuaces decididos a darle la contra a la arbitrariedad de los pronósticos.

Su magia llegaría hasta la final. Un hecho desafortunado impediría que el mejor jugador de los últimos tiempos se retire con el trofeo de la FIFA. Porque el trofeo de millones alrededor del mundo, claro, se lo llevó igual.

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La historia de Holanda en los mundiales ha estado marcada por el “casi”. Ni la exquisitez del fútbol de la naranja mecánica liderada por Cruyff logró llevar una copa del mundo a los países bajos. En Francia 98, una selección liderada por los hermanos De Boer quiso romper con el maleficio sumándole a la tradicional vistosidad del juego holandés una contundencia en los resultados.

Le funcionó hasta la semifinal. Entonces les tocó Brasil.

Habían grandes armas de ambos lados: Ronaldo con su potencia incalculable. Rivaldo con precisión quirúrgica, por el lado sudamericano. Kluivert al acecho de cualquier pelota y Van der sar más gigante que nunca por el bando europeo.

Probablemente fue el mejor partido de Francia 98.  Revívalo junto a nosotros.

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